Le Corbusier

En el año 1.976 vio la luz un libro que muy pronto pasaría a ser uno de los más citados entre los que formaban parte del mundo de la crítica y el pensamiento de la arquitectura y la arquitectura moderna.

The Massachusetts Institute of Technology, conocido por todos como MIT, publicaba el título: “Manierismo y arquitectura moderna y otros ensayos”.

Colin Rowe, su autor, era un profesor formado en las universidades de Liverpool, Londres y Yale que a su vez impartía clases en las de Liverpool, Cambridge y Texas y ocupaba en ese momento la cátedra de Arquitectura de la Cornell University.

En ese momento aún no era una eminencia del mundo académico ya que sus escritos sólo habían aparecido en forma de artículos en revistas especializadas como The Architectural Review y Perspecta.

La importancia de estos escritos radicó en la recuperación contra todo pronóstico de un Le Corbusier que se había silenciado, aunque hoy parezca casi increíble, ante la presencia de dos libros que en ese momento eclipsaban el paisaje del pensamiento arquitectónico.

El año 1.966 brindó al campo del debate dos piezas que se mantendrían poderosas casi veinte años. “L´Architettura della cittá” y “Complexity and Contradictiction in Architecture” fueron estos ejemplares que lanzaron sobre el tapete también dos profesores de universidad. Uno en Italia, desde el Departamento de Composición del Politécnico de Milán y el otro desde EEUU en Yale. Aldo Rossi y Robert Venturi a la vez y desde distintas perspectivas pudieron en esa fecha enviar sus proclamas y fueron escuchados.

¡El maestro había muerto!

Un año antes, el 27 de Agosto a las once da la mañana, mientras nadaba en las aguas de la bahía de Cap Martín, desapareció ahogado. Un paro cardíaco, según señalaron sus múltiples seguidores, acabó con su vida. Una vida larga y poderosa que le permitió disfrutar de esta Tierra durante 78 años. Casi ochenta años de los que prácticamente 41, desde que en 1.916 realizase su primera obra importante, la casa Schwob en La Chaux-de-Fonds.

Es curioso, porque sería precisamente con el estudio de esa vivienda con la que empezó Colin Rowe su inolvidable libro. Manierismo y arquitectura moderna, venía gestándose desde hacía ya 16 años, ya que Architectural Review, en el año 1.950 había publicado lo que Colin Rowe describiría como un escrito menor.

De esta forma se refería el mismo en 1.976 diciendo:

“Aunque este articulillo, especialmente en su discusión del cubismo, ha sido, incluso desde antes de su publicación, un tanto doloroso para mi, he permitido que se reimprimiese substancialmente tal como fue publicado. Aunque en el desarrollo actual de sus argumentos, en los que sigue creyendo, seguramente emplearía una estrategia profundamente diferente, dado que hace ya algún tiempo que el artículo goza de cierta notoriedad /16 años/ no veo modo alguno de corregir sus oscuridades y mantener su sentido. Hoy en día, la discusión del manierismo dentro de la historia del arte ha alcanzado niveles de sofisticación y distanciamiento que alrededor de 1.950 eran, sencillamente, inexistentes: por otra parte, sin embargo, no existe evidencia alguna de que la conciencia de los arquitectos modernos respecto a los temas del siglo XVI haya hecho progreso alguno. Continúan existiendo dos cuerpos de información- el uno en la historia del arte, el otro en la arquitectura moderna y las probabilidades de verlos converger continúan siendo remota.”

En 1.947 Rowe, estaba pensando en como unir dos villas: Malcontenta y Stein, Garches y Foscari, Le Corbusier y Palladio.

Similitudes y diferencias, no eran la cuestión. El núcleo consistía en saber mirar en esa dirección, mejor, poner al tiempo en disposición para conseguir que en 19 años esto pudiera ser posible.

En el año 1955 en colaboración con Robert Slutzky, Colin Rowe escribió el escrito “Transparencia: literal y fenomenal”, que 8 años más tarde vería la luz de las librerías en 1.963 por primera vez en la revista Perspecta y más tarde bajo el título “Transparenz” en Birkhäser-Basilea. En él, los autores plantearon la diferencia entre la “transparencia literal” que asignaban a Mies y la “fenomenal” que recaería sobre las obras de Le Corbusier, en un claro intento de convertir sus primeras obras en piezas cubistas en el espacio. Por supuesto, ya habían pasado por la historia europea Loos y Cézanne. Al hablar de este asunto no se referían sólo a las obras de estos arquitectos, también a las pinturas cubistas o lo que es lo mismo:

“A sus obras”

De todos es conocido que Le Corbusier dedicó tanta atención a la pintura como a la arquitectura.

Siempre se ha separado al pintor del arquitecto dando un valor inmensamente mayor al segundo.

Prácticamente en la totalidad de las referencias escritas, conferencias y conversaciones en relación a su figura, siempre se le ha considerado y se sigue haciendo, el gran maestro de la arquitectura moderna junto a Mies van der Rohe, pero un pintor menor.

Quisiera aquí lanzar una opinión opuesta.

Sostengo que esta visión es errónea, ya que considero que fue pintor antes que arquitecto.

¡Mejor!

Que sus arquitecturas en realidad son pinturas.

Tendríamos entonces que entrar a diferenciar que entendemos habitualmente por arquitectura y cual es la esencia de la pintura.

Desde el origen de los tiempos el hombre se guareció en cuevas y en ellas comenzó a decorar sus techos y paredes con signos de animales. La cueva perdía de esta forma su esencia para pasar a convertirse en la casa de una nueva especie. La señal sobre la piedra, su huella, transformó para siempre ese espacio mientras en él discurría su vida. Pero ese gesto no era uno cualquiera. No existen vestigios de dibujos básicos o garabatos, como los que pueda hacer un niño antes de su aprendizaje, como los que pueda hacer ante sus padres pendientes de su cariñosa dictadura. El hombre pintó desde el principio de forma majestuosa. No vamos a entrar en la incógnita de cómo fue posible ese prodigio, ya que sólo busca este escrito poner el acento en la idea de que la pintura fue el origen de la casa. En 1.900, con el inicio del siglo XX la cultura del hombre nació de nuevo. Todos los modelos del pasado fueron apartados para, como las primeras pinturas, aparecer con la perfección y la madurez de una cultura adulta. No existen tampoco garabatos pertenecientes al Estilo Internacional.

Para nuestra desgracia, eso ocurrió después en su copia.

Como un ave perfecta la arquitectura que entendemos hoy por moderna, nació de forma completa.

Los que hoy consideramos maestros, en distintos lugares, realizaron piezas de arquitectura memorables que en este siglo, seguimos considerando insuperables. Esta es otra incógnita que llevamos a cuestas y que no podemos explicar. En este aparecer se produjo una arquitectura blanca, radical, deseosa de ausencia. Amante de una función y servidora de la necesidad. Ante el blanco impuesto, no fue posible detectar que este en realidad era un color y al aparecer otros pensamos que estos eran decoración.

Los arquitectos de entonces; Loos, Melnikov, Duiker, L.C, V. Vlught, . . . se mezclaron con Rietveld, Van Doesburg, Taut y más tarde en el tiempo con Gio Ponti, . . . Rossi. El siglo convulso como se recordará, se fue estremeciendo al ver las derivadas de las derivadas de los distintos caminos. En ese recorrido, por todos ellos, anduvo L.C. unas veces siendo aclamado y otras despreciado.

Hoy sin embargo nadie levantaría su voz contra él.

Pues bien, la pintura es, no otra cosa que un espacio.

Los reyes españoles, Felipe IV y su esposa, querían verse en su espejo, mientras admiraban el retrato de sus Meninas.

Los inventores de la perspectiva, sabían que esta existía y la buscaron hasta encontrarla, para mostrar al mundo que esa realidad era cierta.

Los nobles encargaban sus cuadros con damas sin ropa dentro de ellos, para que mirasen a los verdaderos dueños de ese lugar, la pintura. Porque ese espacio, el de la pintura, no es ficticio es “fenomenal”.

No es algo adherido y complementario, es tan real como el alimento que tomamos.

La pintura entra en nuestros ojos.

Mies huyó de EEUU acompañado sólo por un cuadro de Paul Klee y Leonardo llevó con él siempre la Gioconda y por las noches seguía frotando el lienzo con veladuras, hasta que esta pudiera traspasar la fina frontera de la tela.

Salir del cuadro o entrar en él, es lo hacía Le Corbusier.

En el mes de Septiembre de 1.955, L.C. alumbró “Le Poéme de´Angle Droit”, realizando una edición limitada de 155 páginas que incluía 20 litografías en color de 32×42 cm. La obra fue escrita, dibujada y pintada por él, configurando una colección que constaba de 250 copias numeradas del 1 al 250 y de otras 20 no vendibles numeradas del I al XX. El proyecto se completó con una tirada de sesenta juegos de las pinturas, que no incluían textos.

Le Corbusier deseaba que “El poema del ángulo recto” llegara al público más amplio posible, por lo que años más tarde, la Fundación L.C., cumpliendo sus deseos, editó una nueva en facsímil, haciendo realidad un pequeño libro, en formato de 24,5×32 cm, incluyendo un apéndice con la versión inglesa del poema. En el año 2.006, el Círculo de Bellas Artes editó la primera nunca realizada hasta esa fecha del texto en español. El poema se divide en 7 partes, A/B/C/D/E/F/G que a su vez se componen cada uno de un número de poemas y dibujos variado.

El primero A, “Milieu/Medio” consta de cinco rimas consonantes.

El segundo B, “Esprit/Espíritu” de tres.

El tercero C, “Chair/Carne” de nuevo cinco.

El cuarto D, “Fusion/Fusión” de una.

El quinto E, “Caractere/Caracteres” de tres.

El sexto F, “Offre(La Main Ouverte)/Ofrenda(La Mano Abierta)” de nuevo uno.

Y el último G, “Outil/Herramienta” igual que el anterior.

Todo se forma sobre una tabla regular de rectángulos de colores diversos que como en el juego de un niño, a partir de un eje central, los distintos niveles pasan de un número a otro manteniendo la simetría en la composición.

Sobre la tabla, una espada, una nube y una estrella.

“El Medio”, es el sol y la luna, la Tierra y sus movimientos. El día y la noche. Las nubes. El agua, los rayos y los árboles. La ciudad. Las huellas del hombre, su norte y el sur. Los bosques y el viento, los caminos, los trazados regulares y las plantas. El río y el baño. La mano trenzada.

“El Espíritu” es la medida, la soga y las dimensiones del hombre. La proporción, el salto y la caracola. El horizonte y las plataformas del ciudadano y de los pájaros. Las montañas con sus cumbres, el sueño y los animales, los bloques al sol.

“La Carne”, es el toro y el caballo. Los carneros. La mujer y el gato. El laberinto y las manos. La huida. El cuerpo, el vino y la sierra. La copa y la mirada, las mesas, el barco y la red. El torso desnudo y la luz.

“La Fusión”, es el puercoespín/loba, el buey/rino, el hombre/mujer. La serpiente.

“Los Caracteres”, son la mente y la mirada, la pasión y el drama, la amazona. El nómada, la música, la máquina y la ciudad.

“La Ofrenda y la Mano abierta”, es la llave.

“El Útil/La Herramienta”

La Herramienta cierra el poema y dice:

Con un carbón

se ha trazado

el ángulo recto

el signo

Es la respuesta y la guía

el hecho

una respuesta

una elección

Es simple y desnudo

Pero comprensible

Los sabios discutirán

de la relatividad de su rigor

Pero la consciencia

ha hecho de él un signo

Es la respuesta y la guía

el hecho

mi respuesta

mi elección.

 

Diez años después, Le Corbusier moría en la naturaleza.

Juan Ignacio Mera