El puesto

 “El puesto fronterizo con Bélgica” Bailleul, Francia, 1969. Henri Cartier-Bresson

Un guarda fronterizo barre una carretera con restos de nieve. Con la seguridad del conocedor de la intensidad del tráfico que poseen aquellos que son asiduos ciclistas, limpia el suelo sin comprobar si se acerca algún vehículo o si está siendo fotografiado. Ajeno a nuestra mirada se ufana en una tarea que a todas luces nos parece inútil. Sin duda a pesar de la nevada reciente, su chaqueta corta, sus zapatos de suela, la ausencia de guantes en sus manos y la bicicleta con la que seguro ha llegado, según señala el rastro perfectamente recto que muestra la nieve, y que se apoya con cierto descuido sobre la pared del puesto, nos aseguran un tiempo relativamente agradable.

Una señal de tráfico en el centro de la calzada insiste en la necesidad de parar ante el control vigilado y nuestro deseo de pasar se funde en un momento con la duda de si eso será posible. La pequeña pistola en el cinto, la gorra de plato y la bicicleta con alforjas que nos recuerda que el guarda solo cumple con su trabajo, no nos imponen tanto respeto como la señal de HALTE/DOUANE.

Estamos ante una sencilla construcción protegida por una cubierta inclinada a un solo agua, con el único fin de evitar la lluvia y la nieve de la forma más sencilla y económica. Terminado en un ligero vuelo, el alero obliga a la chimenea, que con seguridad se colocó a última hora, a doblarse en un codo que se eleva como las ramas de los árboles en busca de luz. Un cable, podríamos garantizar destinado al teléfono, tan necesario en puestos de aduana, pesca la casa como un sedal.

Es claro que de una casa se trata.

Un zócalo gris para proteger su cuerpo en el encuentro con el suelo, justo hasta la altura del manillar, allí donde reposan las ventanas y sus contras para cuando en ella nadie esté y una puerta que no vemos pero que con seguridad existe frente a la estufa que garantiza la chimenea, dotan a la pequeña edificación de todo lo necesario para pasar en soledad numerosas jornadas de trabajo.

“La casa del habitante único al borde del camino”, deja paso a una perspectiva de árboles deshojados que dibujan la ruta a seguir.

Sin embargo, todos estos atributos quedan diluidos ante una insistencia visual. Casi como el ruido de un despertador en una habitación en silencio que lo engulle todo. Algo, desde el primer momento, nos llama la tención en la imagen y no podemos dejar de mirarlo. Esto, no es otra cosa que la diana dibujada sobre el hastial de la pequeña construcción…

Lo que demuestra la fuerza de atracción de la geometría primaria.

 

Juan Ignacio Mera. Madrid, Enero de 2008